sábado

Griselda García (Argentina, 1979)

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La ofrenda

Yacer con el hijo
educarlo en la carne
controlar con los días
el ancho de su espalda
en la espesura fundirnos.

Al interior de la yema del ojo
catedrales de agua
delgadas escamas
de la leche.

Un desborde del cuerpo
una fiesta sin fin
la muerta hilvana
su pañuelo de larvas.

Te alimento
te baño con miel
te envuelvo en piel de luz
te cubro de flores y canto.



Involución

Ahora que tu torpeza
ha disparado hijos
en útero joven
del rencor de la primigesta cuidate
rogá que en cloacas se pierda
el nonato en alta noche.

Si no hay con qué y prende
-pues toda carne tiende a la vida-
cuando crezca y abunde
en gestos estúpidos que festejarás
llegado un día negarás tu prole
y otras vaginas correrás a buscar
no flojas ni anchas de parto.

Con el tiempo te derramás
en obvias honduras nuevas.
Cada espasmo seminal tuyo
nos acerca un paso al mono.



Dijo la loba

Vos, lobito mío,
sos una de las crías
que no alcancé a devorar
(¿me sacaste el hambre
o llegaste cuando estaba saciada?).

Ya sabés erizar el pelaje
más tarde te enseñaré
a orientarte en el bosque
a esperar el momento
de distracción de la presa.

Vos, lobito mío,
disfrutá las caricias
aprendé a ignorar las uñas.

Ahora te nutro:
tu avidez rodea el pezón cargado
te hartás de leche dulce.
Muerta también seré tu alimento.

Seremos, en el final
carne vuelta a la carne.


de El ojo del que mira (Ediciones La Carta de Oliver, 2009)

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