martes, diciembre 05, 2006

María Malusardi (Argentina,1966)

la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris



«Escribir es una manera feroz de perderse en la memoria»
Entrevista María Malusardi
en RevistaTeína/junio de 2005

lunes, diciembre 04, 2006

Zoelia del Carmen,Cuba

Donde Zoelia conversa con Isabelle Lemonnier y la noche teje su telaraña
"… toda la noche escucho la voz de la
muerte que me llama."
A.Pizarnik

Sostenida al silencio como una sombra a la memoria
eres figuración del reposo, aparente templanza
que circunda interminable.
En tus manos se diluye la luz como cuando
por sobre el rostro de las recónditas penumbras.
Nada hace sospechar que mientras
el pintor delineaba tus calmas y sus frágiles precipicios,
tu corazón era una lágrima seca a la derriba.


Isabell, cuesta encontrar aquel rostro atrapado en los espejos.
Dicen los chinos que la mujer que pierde el rostro
esta condenada a la locura y el dolor.
Y tú estás ahí, pálida en tu silencio de ausencias,
en tu aparente sobriedad de escándalos y sobresaltos
espantada ente el horror del vacío y la muerte.
Indiferente de mis rabias
mientras intento reconstruirme un rostro que ya no existe,
inventar una historia que me salve del dolor de estar viva.


Isabelle hoy amaneció un cuervo moribundo en mi ventana,
un cuervo enfermo que escapó de mi corazón
y ha graznado toda la noche sus quimeras.
También él tiene miedo nombrar la luz y ver su rostro.
También él quiere salvarse.


Pero hay días, que no basta un gesto para ser distintos
o merecer aplausos, días en que la soledad nos rompe
el corazón a patadas y no alcanzamos a decir: Dios mio, sálvame.


Isabelle, esta mañana una angustia sorda, sin nombre
a entrado a la sangre y ya no acierto a ser una mujer dócil.
Sin embargo parece tan simple
que fuera una mujer de costumbres y manitas sobre el regazo.
Pero tengo miedo, la muerte me persigue
y he visto sus ojos severos en iris de los míos
entonces hubiera querido tener otros recuerdos
no ser este pedazo de silencio innombrable
que alguien golpea contra las postigos del tiempo.


Isabelle, estoy sola, otra vez sola
mirando la noche tejer su telaraña sobre mis hombros,
mi cabeza esta en la balanza y el tedio roza las palabras.
Afuera la ciudad adelgaza sus ruidos,
esta noche tiene el rostro de aquella de 1882
en que tú pequeña Isabelle padecías la muerte del pintor.


Isabelle, es 1999 y no tengo la certeza de mis pasos, ni de la memoria
y heme aquí anciana en medio de la aridez de la noche, patria de mi dolor.
Ya sin pasión, ni heroísmo que aseguren la historia.
Necesito que alguien piense en mí esta noche.
Necesito que no me abandonen, los amigos no están
y soy una visión que zozobra en el corazón de la muerte.

viernes, diciembre 01, 2006

Teresa Melo Rodríguez (Santiago de Cuba, 1961)


Las altas horas

El día de mi padre me decía al oído:

be careful, its my heart

Louis Armstrong dictaba en el oído
lo que nunca cantó.
Otro hombre perfecto fue su dueño.
Cantores, militares, ya no viven aquí.
Vive Daniela
el eterno retorno de la canción que pide
cuida mi corazón de alturas y cemento.
Y por la suerte cuido.
Levísima es la suerte a la que doy memoria.


Hija mía. Sé libre
ama con esperanza con ingenuidad.


Una taza de té empecé a tomar hace años
y hace más tiempo removía la carne temblorosa
que tomaría el té. Desde ese temblor
escribí, escribí:
ahora cuento las palabras
que quedan sin contaminar.

Dentro de mí el piso 23 la escuela
el corazón que cae.
Tú eres ese cuerpo sin fragmentar intacto.
Hija mía soy libre
te amo con esperanza con ingenuidad.
Quédate cerca de la puesta del sol:
quien la fragmenta y disecciona
no puede hacer que el sol se ponga para ti.
Quien diseca la palabra
no puede hacerte vibrar con palabra alguna.
Eso te doy las puestas de sol que fueron
las sobre mí
las que te inquietarán y aquietarán
y esta palabra sin contaminar
para que la bebas con fruición
como la leche de las altas horas
la acunes, aprendas y mastiques
y te haga luz en la hora violeta
cuando el sol se ponga sobre mí.


Ha publicado los poemarios: Libro de Estefanía (1990), El
vino del error (1998, Premio de la Crítica), Yo no quería ser
reina (2001), El mundo de Daniela (poesía para niños, 2002)
y Las altas horas (2003). Antologó las selecciones de poesía
Mujer adentro (2000), Incesante rumor (2002) y Soy el
amor, soy el verso. Selección de poesía de amor en lengua
española (2004). Sus textos aparecen, entre otras, en las
antologías Ellos pisan el césped (1988), Poesía infiel (1989),
Retrato de grupo (1989), Jugando a juegos prohibidos
(1990), La isla entera (1995), Hermanos (1997), El turno y
la transición. Poesía latinoamericana del siglo XXI (1997),
Donde termina el cuerpo (1998), Mujer adentro (2000), La
casa se mueve (2001), Incesante rumor (2002) y Heridos
por la luz (2003). Miembro de la UNEAC. Le fue otorgada la
Distinción por la Cultura Nacional.
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